Jugar afuera potencia el desarrollo de los niños.

miércoles 5-agosto-2020



A los niños les encanta jugar afuera, con los pies en el barro y las manos en la arena. El juego es importante para el desarrollo físico, mental y social de los niños. Especialmente jugar afuera parece ser de gran valor. Los estudios muestran que crecer en un entorno verde es mejor para la función cognitiva de los niños (Wells 2000). Además, los niños que juegan menos al aire libre tienen un mayor riesgo de sobrepeso, obesidad y TDAH (Kimbell 2009).

El juego desestructurado, es decir, no en asociación o en forma de juego, es extremadamente importante y constituye un comportamiento evolucionado que vemos en muchas otras especies animales. Vemos muchas similitudes con el comportamiento de juego de los niños humanos especialmente en primates como los chimpancés. En este artículo, observamos más de cerca el comportamiento de juego basado en la evolución, buscando las similitudes y diferencias entre el comportamiento de juego animal y el humano, y explorando la importancia del juego en el desarrollo del niño.

El estudio del juego

Varias disciplinas de investigación estudian el juego, desde biólogos hasta científicos del comportamiento, sociólogos y antropólogos. Cada uno desde su propia perspectiva e interrogante investigado. Wilson (1975), el fundador de la sociobiología, llegó a llamar al estudio del comportamiento de juego uno de los temas de investigación más importantes de la sociobiología. La sociobiología se ocupa de la investigación de los orígenes evolutivos del comportamiento social en los animales, incluyendo los humanos. El comportamiento de juego es tan fascinante para muchos investigadores porque se da en muchos animales pero no presenta beneficios directos para el individuo o el grupo. ¿Por qué es tan importante a largo plazo?

Función del juego

La observación, la exploración y el juego son los principales métodos de aprendizaje tanto para niños como para jóvenes animales. Al jugar, éstos desarrollan nuevas habilidades motrices, sociales y psicológicas, entre otras. Como discutir todos los aspectos del desarrollo a través del juego resulta, desafortunadamente, un tema demasiado amplio, nos limitaremos a una cierta cantidad de puntos interesantes.

Condiciones de vida

La duración de la infancia es una medida de la complejidad del entorno de vida del animal. Una infancia larga fomenta el desarrollo físico y mental, lo que crea flexibilidad para la adaptación a diferentes entornos de vida. Las adaptaciones mentales y físicas surgen del conocimiento del nuevo entorno a través de la observación, la exploración y el juego (Pellegrini 2007).

Desarrollo motriz

Durante el juego, el niño o animal se encuentra en situaciones nuevas o inciertas con respecto a su entorno seguro. Esto ofrece oportunidades para la innovación en el comportamiento y las habilidades motrices. La búsqueda de desafíos físicos se ve tanto en animales como en personas, donde los límites de las posibilidades físicas se exploran a través del juego. Una de las teorías evolutivas es que ayuda a entrenarnos para situaciones peligrosas en las que se requieren buenas habilidades físicas en la reacción innata de lucha/huida (Spinka 2001).

Los niños y jóvenes animales a menudo eligen un compañero de juego de la misma edad y tamaño corporal. Tener un compañero de juego parecido es beneficioso para el tipo de juego físico y, en consecuencia, para el desarrollo de las habilidades motrices. En el caso del reino animal, se cree que esto es importante para evaluar futuros rivales y practicar la dominación social. Además, las habilidades sociales tienen un papel importante en el juego con compañeros, ya que los jóvenes y niños aprenden a reconocer el estado emocional a través de las expresiones faciales de los compañeros de juego (Cordoni 2011).

Habilidades sociales y psicológicas

El juego social comienza con el vínculo entre padres e hijos. Considere el juego de las escondidas y el contacto físico, como el que se da al mecer al bebé. Este comportamiento se observa tanto en humanos como en primates, como los chimpancés. La cantidad y calidad del contacto entre el niño y sus padres son factores importantes en la cantidad y calidad de contacto social del niño a una edad posterior (Cordoni 2011).

Una teoría del investigador Spinka (2001) sugiere que los animales que juegan practican para la vida real, al ponerse en diferentes situaciones. La práctica para la vida real también se observa en los humanos en el juego de roles. En los juegos de roles, los niños suelen jugar a ser adultos, como padre y madre, o a tener ciertas profesiones. Esto tiene un efecto en su desarrollo psicológico y social (Pellegrini 2007).

El comportamiento de imitación se observa en muchos animales; los animales imitan el comportamiento de otros si les proporciona una clara ventaja. La sobreimitación y el juego de roles son comportamientos exclusivamente humanos, y se sugiere que son una parte importante del surgimiento de la cultura humana. La sobreimitación es la imitación de un comportamiento que no presenta beneficios directos. Por ejemplo, con la sobreimitación y los juegos de roles, los niños aprenden rituales y el uso de herramientas más complejas (piense aquí, por ejemplo, en comer con cubiertos) (Nielsen 2012).

Reconocimiento del peligro

No es necesario mencionar que todos quieren lo mejor para sus hijos. En las últimas décadas, los padres parecen haber perdido el sentido de esto (Bristow 2014). La investigación muestra que tomar riesgos a la hora de jugar es normal y bueno para el desarrollo. Jugar de forma riesgosa es una manera de aprender a reconocer el peligro, superar los miedos y adquirir agilidad física. Por naturaleza, los niños y los jóvenes animales poseen una buena capacidad de evaluación de riesgos. Evitar que los niños jueguen de forma riesgosa puede generar un desajuste en la percepción de la ansiedad, lo que puede llevar a psicopatologías como la hipofobia. La hipofobia es la falta de miedo y puede conducir a un comportamiento (extremadamente) peligroso en la edad adulta (Sandseter 2011). El juego desorganizado en el cual los niños pueden hacer lo suyo con otros niños en un ambiente relativamente seguro, descubriendo sus habilidades, entrenando su juicio y aprendiendo de las decisiones correctas e incorrectas, discutiendo y resolviendo, ensuciándose y mojándose, es indispensable en el desarrollo.

Juego en interiores versus juego en exteriores

Los niños desarrollan habilidades importantes mientras juegan. Pero hoy en día, el juego de muchos niños se desplaza de la naturaleza hacia el interior, o en patios de juego seguros y delimitados. Sin embargo, es importante que los niños jueguen en la naturaleza. Las investigaciones demuestran que los niños que pueden jugar afuera son más felices y pueden concentrarse mejor en sus tareas. Además, los niños son más activos en la naturaleza, lo que significa que experimentan un mejor desarrollo físico (Bento 2017).

El contacto con los elementos es un aspecto importante del juego en la naturaleza. En la naturaleza, los niños aprenden a comprender cómo se siente y funciona la tierra, cómo huelen las plantas y cómo circulan los insectos. Entre otras cosas, los niños aprenden a comprender los riesgos y a pensar y trabajar de manera innovadora. Considere, por ejemplo, la construcción de un castillo de arena cuya primera fase es descubrir la arena al sentirla y, a menudo, incluso probarla. A continuación, el niño comenzará a construir el castillo de arena y aprenderá que tiene más éxito con arena húmeda. Este es un ejemplo de cómo los niños desarrollan el "instinto natural" del comportamiento de las sustancias a través del juego (Wood 1993, Kahn 2002).

Además de su función en el desarrollo, jugar afuera también es importante para la producción de vitamina D. La vitamina D se produce en la piel bajo la influencia de la luz solar. La vitamina D es importante para el metabolismo del calcio, que es importante en la producción de huesos fuertes. En Europa, 1 de cada 3 niños tiene una deficiencia de vitamina D.

Conocimiento a través de la práctica

En la práctica, observamos que los niños pasan cada vez más tiempo adentro, practican actividades más organizadas y, finalmente, tienen menos tiempo para jugar afuera sin restricciones. Las investigaciones muestran que jugar afuera libremente es de gran importancia para el desarrollo físico y mental de los niños. Los niños que juegan afuera son más saludables y tienen menos probabilidades de tener sobrepeso. El rol de los padres en esta cuestión es también muy importante, ya que las investigaciones demuestran que un padre en forma fomenta el juego y el ejercicio al aire libre. Este efecto no solo se ve en la edad temprana, sino que también se ha demostrado que los adultos con un padre en forma mantienen un estilo de vida más saludable (Jose 2011).

Deje que los niños jueguen en la naturaleza, corran y trepen con libertad, construyan chozas y descubran los elementos. Y no olvide dar ejemplo. Las lesiones en el hogar, en el jardín y en la cocina que pueden necesitar yesos son una parte inevitable del desarrollo. Trate de buscar el equilibrio entre el juego en interiores y en exteriores, entre las actividades organizadas y el juego libre, y entre la seguridad y la libertad, para que su niño pueda desarrollarse de forma óptima y sentar las bases para una (posterior) salud óptima.

Fuentes

Bento, Gabriela, en Gisela Dias. ‘The Importance of Outdoor Play for Young Children’s Healthy Development’. Porto Biomedical Journal 2, nr. 5 (2017): 157–60. https://doi.org/10.1016/j.pbj.2017.03.003.

Bristow, Jennie. ‘The Double Bind of Parenting Culture: Helicopter Parents and Cotton Wool Kids’. In Parenting Culture Studies, onder redactie van Ellie Lee, Jennie Bristow, Charlotte Faircloth, en Jan Macvarish, 200–215. London: Palgrave Macmillan UK, 2014. https://doi.org/10.1057/9781137304612_10.

Cordoni, Giada, en Elisabetta Palagi. ‘Ontogenetic Trajectories of Chimpanzee Social Play: Similarities with Humans’. PLoS ONE 6, nr. 11 (2011). https://doi.org/10.1371/journal.pone.0027344.

Jose, Kim A., Leigh Blizzard, Terry Dwyer, Charlotte McKercher, en Alison J. Venn. ‘Childhood and Adolescent Predictors of Leisure Time Physical Activity during the Transition from Adolescence to Adulthood: A Population Based Cohort Study’. International Journal of Behavioral Nutrition and Physical Activity 8, nr. 1 (2011): 54. https://doi.org/10.1186/1479-5868-8-54.

Kahn, Peter H., en Stephen R. Kellert, red. Children and Nature: Psychological, Sociocultural, and Evolutionary Investigations. Cambridge, Mass: MIT Press, 2002.

Kimbell, Abigail, Andrea Schuhmann, en Hutch Brown. Discussion. ‘More kids in the woods: reconnecting Americans with nature’. Discussion, 2009. https://pubag.nal.usda.gov/download/48806/PDF.

Murgatroyd, Chris, en Dietmar Spengler. ‘Epigenetics of Early Child Development’. Frontiers in Psychiatry 2 (2011). https://doi.org/10.3389/fpsyt.2011.00016.

Nielsen, Mark. ‘Imitation, Pretend Play, and Childhood: Essential Elements in the Evolution of Human Culture?’ Journal of Comparative Psychology 126, nr. 2 (2012): 170–81. https://doi.org/10.1037/a0025168.

Pellegrini, Anthony D., Danielle Dupuis, en Peter K. Smith. ‘Play in Evolution and Development’. Developmental Review 27, nr. 2 (2007): 261–76. https://doi.org/10.1016/j.dr.2006.09.001.

Sandseter, Ellen Beate Hansen, en Leif Edward Ottesen Kennair. ‘Children’s Risky Play from an Evolutionary Perspective: The Anti-Phobic Effects of Thrilling Experiences’. Evolutionary Psychology 9, nr. 2 (2011): 147470491100900. https://doi.org/10.1177/147470491100900212.

Spinka, Marek, Ruth C. Newberry, en Marc Bekoff. ‘Mammalian Play: Training for the Unexpected’. The Quarterly Review of Biology 76, nr. 2 (2001): 141–68. https://doi.org/10.1086/393866.

Wells, Nancy M. ‘At Home with Nature: Effects of “Greenness” on Children’s Cognitive Functioning’. Environment and Behavior 32, nr. 6 (2000): 775–95. https://doi.org/10.1177/00139160021972793.

Wilson, Edward O. Sociobiology: The New Synthesis, Twenty-Fifth Anniversary Edition. Harvard University Press, 1975.

Wood, Denis. ‘Ground to Stand on: Some Notes on Kids’ Dirt Play’. Children’s Environments 10, nr. 1 (1993): 3–18.

 

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